Un poco de historia

A finales del XIX había dos maneras de entrar en la literatura. Una, escribir; otra, ser alguien en la vida de un gran escritor. Esta es la historia de Ewelina Rzewuska Hanska, antepasada mía. Me siento heredera de su pasión por la literatura, que convertí muy pronto en mi profesión, y de su coraje por hacer realidad los sueños. Hanska es el primer capítulo de mi historia como agente literario independiente y mi oportunidad de entrar en la vida de los que escriben, para llevar sus historias a los que leen.

Atraviesa la frontera

“No, no me arrepiento de nada y nada me echo en cara. Pocas mujeres han disfrutado de la suerte que yo tuve: la de ser amiga, consejera, el único amor de un hombre, que siempre será reconocido como uno de los más grandes de su tiempo. Y solo puedo estar orgullosa de saber que fui su inspiración, su consuelo y su motivación cuando todo el mundo se reía de él y no creía en su genio.”

Carta de Ewelina Hanska a su hermano, Conde Adam Rzewuski sobre su relación con Honoré de Balzac.

Ewelina nació en 1804 en el castillo de Pohrebyszcze, actualmente situado en Ucrania, hija de Adam Wawrzyniec Rzewuski. Entre sus hermanos se encontraba Henryk Rzewuski, impulsor de la novela histórica polaca y seguidor del estilo de Walter Scott; y entre sus primos, ‘Emir’ Waclaw Rzewuski, conocido viajero, orientalista, poeta y experto en caballos, en cuyos brazos murió envenenado mientras tomaba un café en Damasco su gran amigo ‘Ali Bey’, Domènec Badia, militar, espía, arabista y aventurero catalán.
Al cumplir diecinueve años, Ewelina fue obligada a casarse con Waclaw Hanski, un rico latifundista veinte años mayor que ella. Su pasión por la literatura francesa y, en particular, por las novelas de Honoré de Balzac, la llevó a escribirle una primera carta que firmó como “La Extranjera”. Así comenzó su correspondencia y una larga historia de amor que duró hasta la muerte del escritor. Pero encontrarse no fue tarea fácil. Su condición de mujer y residente en el Imperio Ruso la obligó a conseguir el permiso del zar y de su marido, con quien viajó hasta Neuchâtel, en Suiza, para encontrarse con Balzac.
Existen varias versiones sobre este primer encuentro pero la leyenda cuenta que al ver al escritor Ewelina exclamó: “¡Dios mío, que no sea él!”. Poco importó, sin embargo, el aspecto físico del autor de La comedia humana, ya que la joven se había enamorado profundamente de Balzac mucho antes, a través de sus obras y de las cartas que durante años se intercambiaron.
En 1841, fallecido su marido, Ewelina viajó a San Petersburgo a reunirse con Balzac y juntos emprendieron un viaje que les llevó a recorrer Italia, Bélgica y Alemania. Nueve años después contrajeron matrimonio, solo cinco meses antes de la prematura muerte del escritor a los 51 años. Convertida en la viuda de Balzac, Ewelina  fijó su residencia en París hasta su muerte en 1881, y ahí fue enterrada junto a su amado en el cementerio de Père-Lachaise.